
Cuando ya creía que no iba a ver Les Ephémérès, la obra que trajo Arianne Mnouchkine para el Festival de Teatro de Buenos Aires, por no haberme ocupado de comprar entrada, me llama Muriel el sábado para decirme que tenía una entrada de más para el domingo, si quería ir con ella... Y así, inesperadamente, pasé un domingo feliz.
La obra, ya sabía, dura 8 horas con dos pausas de unos 15 minutos y una de 1 hora, durante la que se pueden comer manjares provenientes de la Francia multicultural en un gran comedor instalado para la ocasión en un salón contiguo a la sala donde transcurre la obra.
Ocho horas. De 3 de la tarde a 11 de la noche. La idea me acobardaba. Pero nos dijimos que íbamos sin la obligación de quedarnos hasta el final, que podíamos quedarnos un rato y retirarnos cuando quisiéramos. Todo tipo de ideas anticlaustrofóbicas... Fuimos munidas de agua mineral, bananas por si necesitábamos reponer potasio, y, lo que fue muy útil, almohadones, porque nos habían advertido que los asientos –unas gradas de madera- eran duros.
Y empezó la obra. El encantamiento fue inmediato. Es una larga serie de momentos de la vida de los personajes representados sobre unas plataformas redondas, cuadradas o rectangulares, que tienen ruedas y que van deslizándose por el escenario: entran por una punta, se detienen para que transcurra la escena (a veces giran sobre su centro) y salen por la otra, siempre empujadas por los mismos actores que uno verá o vió en otras escenas, con movimientos plásticos y aceitados. Y cada plataforma es como un mundito rodante lleno de detalles donde transcurren esos momentos efímeros de los que están hechas las vidas de las personas, con pasajes más o menos felices, más o menos tristes o graciosos, pero siempre con diálogos sencillos, sin palabras pomposas ni grandes declaraciones. Y así van pasando los momentos, las historias, con un ritmo fluido y constante, que te va envolviendo y transportando. Y la acumulación de escenas y de horas y de emociones tiene un efecto poderoso. Me hizo pensar en el transcurso de la vida y el tiempo, en que lo efímero es efímero para dar lugar a otra cosa, y que esa cualidad no hace que nada sea menos valioso. Todo pasa y pasa y todo vuelve a empezar.
Divina la obra. Una de esas experiencias de las que uno sale modificado, que te hacen mella, como se dice.