miércoles, 26 de diciembre de 2007

La Cumbrecita

Estoy en condiciones de afirmar que mis últimas tres semanas en Buenos Aires me dejaron agotada, hecha hilachas, maltrecha, como quieran llamarlo, pero en definitiva, fue un período poco grato el de este fin de año... Siempre mal vestida (todavía me pregunto en qué estado mental estaba cuando elegí qué ropa dejar afuera del guardamuebles para tener conmigo en este período de transición entre casa y casa -me quedé con ropa de invierno, con remeras que hace años que no uso, pantalones que me quedan chicos!), estuve dedicada principalmente a trabajar, a buscar objetos perdidos durante la mudanza y tratar de pensar infructuosamente dónde habían quedado, como el duplicado de la llave del auto, o los recibos que me fue entregando el constructor que trabajó en mi nuevo departamento a medida que le fui pagando. También pasé largos ratos tirada en el piso boca arriba con las piernas flexionadas para ver si así mis lumbares me daban tregua… Pero no… Lo probé todo, osteópata, traumatólogo, ibupirac, dioxaflex, masajes con aceite de arnica, agua caliente, almohadilla, faja, baño de inmersión, ducha caliente, hacer yoga, no hacer yoga, salir a caminar, no salir a caminar… pero lo que parece estar funcionando es el descanso, la buena comida y el aire del valle de Calamuchita, que es tanto más verde que el de Traslasierra, que es el que yo más conocía… Será el famoso microclima? No sé, pero me voy sintiendo mejor... Es como si me hubiera internado en una clínica de rehabilitación y el tratamiento estuviera dando resultados...

El hotel La Cumbrecita es uno de esos hoteles de otra época. Como todo acá, tiene una arquitectura medio germana, como tirolesa, o algo así... Mucha madera, cuero, con sala de estar con televisor, biblioteca, mesa de pool y mesas para jugar a las cartas. Tiene pileta con reposeras de hierro pintado de blanco (nada de plástico, ni teka, ni ningún otro de los materiales que se ven por estos días en todos los jardines coquetos) que pesan mil kilos y hacen un ruido horroroso cuando las corrés sobre las piedras que rodean la pileta. Me hacen acordar al patio de mi abuela… Las comidas de la noche siempre incluyen alguna sopa, y el menú navideño vino con copa de camarones de entrada… Copa de camarones! Con salsa golf! No puedo creer que lo sigan haciendo... Y yo pasé estos días comiendo, tomando sol y aperitivos, elucubrando con mi mamá sobre las vidas de los demás huéspedes del hotel, caminando un poco y tomando clases de botánica al paso, desentendida por completo de todo lo que me preocupaba hasta no hace más de 5 días! Cómo es uno, eh!