¿Se puede estar contento y triste a la vez? Parece que sí… Sobre todo si uno se muda de una casa linda a otra casa linda, pasando por un guardamuebles en el medio, si es domingo, si recibe ayuda amorosa de amigos, tíos y padres, si en medio de la tarea de embalaje uno se encuentra con fotos, cartas, notitas, regalitos, postales y cositas que fue guardando durante... toda la vida y se pone a mirarlos, leerlos y recordar como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si la mudanza no fuera este jueves y como si en el medio no tuviera que trabajar como si todo siguiera igual. De a ratos me invade la congoja por todo lo que se termina, lo que estoy dejando atrás, el ciclo que se cierra (suena cursi, pero es así…) o lloro un rato con alguna carta con la que me cruzo, y al instante me encuentro entusiasmada pensando en qué árbol voy a poner en mi nuevo patio (un tilo, tal vez) o de qué color voy a pintar la pared del comedor. Y al rato me río de las caras redondas que teníamos todos hace 15 años o me muero de ternura de encontrar este papel amarillento:
domingo, 25 de noviembre de 2007
domingo, 11 de noviembre de 2007
Te acordás...?
“Ir a jugar a tu casa era una delicia”, me dijo mi amiga Bati cuando charlábamos después de una caminata alrededor del Rosedal, que, de paso les cuento, está divino con todas las rosas florecidas, unos ceibos ya todos rojos y las magnolias también salpicadas con sus flores... Lástima que están muy altas y no pude oler ninguna.
Lo de la delicia se debía a varias razones. Por un lado, lo que para mis compañeritas de colegio de monjas era toda una novedad, en mi casa siempre circulaban varones de nuestra misma edad: mi hermano mellizo Nino y sus amigos, que en un momento se organizaron en un grupo comando al que le dieron el dudoso nombre de Los Tra Tra y que incluyó entre sus miembros a una sola mujer en toda su historia: mi hermana Josefina. A mí supuestamente no me interesaba pertenecer ni andar escondiéndome en cuevas secretas. Seguramente en esa época yo ya me andaba haciendo la grande, aunque no tendría más de nueve años. No recuerdo bien en qué consistían las misiones de Los Tra Tra, tal vez porque eran ultrasecretas y nunca las conocía del todo, pero sí recuerdo que tenían kit de primeros auxilios y walkie-talkies. Y también recuerdo que jugué mucho con el juego de química que se compraron con los ahorros que en realidad estaban destinados a comprar una carpa para irse de campamento. Resulta que el encargado de la compra era Francisco, que vino a Buenos Aires y como no le alcanzó la plata para la carpa se apareció con un juego de química de cuatro pisos. Superada la resistencia inicial y los cuestionamientos por el uso discrecional de los fondos de la organización, nos lanzamos a hacer experimentos en el lavadero de mi casa que era un galpón que estaba bien al fondo y daba para cualquier cosa. No sé bien por qué razón, pero el resultado de los experimentos era siempre el mismo: un líquido de algún color que despedía humos, seguramente tóxicos, aunque nunca hubo que socorrer a nadie. La verdad, era medio frustrante. Además, nunca entendíamos del todo las instrucciones que venían en el librito, y nos preguntábamos qué sería el "agua dura" que se necesitaba para todos los experimentos!
El otro aspecto que hacía a la delicia era que mi familia tenía una juguetería. En realidad era librería, juguetería y bazar, pero la parte que nos interesaba, claro, era la juguetería, aunque la librería estaba buena a la hora de elegir los útiles para el colegio, que yo insistía -no siempre con éxito- en que fueran nuevos cada año, y en el bazar cada tanto había alguna cosa que me llamaba la atención, como la vez que quedé prendada de una especie de ensaladera color morado laqueado con una guarda con florcitas medio doradas, que finalmente logré que mi mamá me dejara regalarle a mi abuela Aía. A ella le encantó y la puso arriba del televisor.
"El negocio", como le decíamos, había pertenecido a mis abuelos paternos, estaba ubicado en la esquina de mi casa y teníamos acceso desde adentro. Era todo parte de una misma edificación muy antigua, de techos muy altos y pisos de pinotea. Ahí trabajaban mi mamá y mi tía Yaya, que eran las vendedoras junto con una empleada, Hilda, con quien yo salía en bici a hacer las cobranzas metida en el canasto de atrás, con las patas colgando, lo que da una idea del tamaño que tendría... A media mañana, después del desayuno, mis hermanos y yo aparecíamos por el negocio ya dispuestos a trepar las estanterías altísimas llenas de juguetes que estaban todas a nuestra disposición. Mi mamá nos dejaba tocar todo y muchas veces lográbamos quedarnos con los juguetes que más nos gustaban cuando “llegaba la mercadería” que semanas antes había venido a comprar mi mamá o mi tía Yaya a mayoristas de Buenos Aires. Yo, convencida de que todo ese mundo de juguetes era mío, tanto, que una vez –y esto fue lo que recordábamos hoy- la llevé a Bati al negocio cuando estaba cerrado (era increíble la sensación de entrar al negocio cerrado, cuando estaba todo quieto y las persianas bajas) y, como se acercaba su cumpleaños, le dije, muy agrandada, "elegíte lo que quieras". Ella, en mi recuerdo, se eligió una pista por la que hacías correr carreras a unas especies de pastillas; en el de ella, se eligió un juego con el que pescabas unos pececitos de colores. Pero el tema es que sea lo que fuere lo que eligió, parece que era carísimo y mi mamá no me dejó regalárselo. Se ve que límites había. En cambio me mandó al cumpleaños, según mi recuerdo, con un librito; según el de Bati, con unas Paco Pinto ... La cuestión es que fue una humillación tremenda, sobre todo porque Bati me exigió una explicación...
De repente pienso en cómo una experiencia compartida se convierte en un recuerdo diferente y único para cada persona. En cómo los hechos se van distorsionando en la memoria de cada uno, como si una vez convertidos en recuerdos fueran tomando caminos independientes de lo vivido. En cómo una misma situación representa algo distinto en el recuerdo de cada persona que estuvo ahí… Como si en el recuerdo uno estuviera solo. Por eso es tan lindo y se produce una sensación de tanta cercanía cuando uno recuerda algo con alguien y siente que el otro tiene un recuerdo muy parecido, o que el recuerdo tiene para los dos el mismo valor.
Lo de la delicia se debía a varias razones. Por un lado, lo que para mis compañeritas de colegio de monjas era toda una novedad, en mi casa siempre circulaban varones de nuestra misma edad: mi hermano mellizo Nino y sus amigos, que en un momento se organizaron en un grupo comando al que le dieron el dudoso nombre de Los Tra Tra y que incluyó entre sus miembros a una sola mujer en toda su historia: mi hermana Josefina. A mí supuestamente no me interesaba pertenecer ni andar escondiéndome en cuevas secretas. Seguramente en esa época yo ya me andaba haciendo la grande, aunque no tendría más de nueve años. No recuerdo bien en qué consistían las misiones de Los Tra Tra, tal vez porque eran ultrasecretas y nunca las conocía del todo, pero sí recuerdo que tenían kit de primeros auxilios y walkie-talkies. Y también recuerdo que jugué mucho con el juego de química que se compraron con los ahorros que en realidad estaban destinados a comprar una carpa para irse de campamento. Resulta que el encargado de la compra era Francisco, que vino a Buenos Aires y como no le alcanzó la plata para la carpa se apareció con un juego de química de cuatro pisos. Superada la resistencia inicial y los cuestionamientos por el uso discrecional de los fondos de la organización, nos lanzamos a hacer experimentos en el lavadero de mi casa que era un galpón que estaba bien al fondo y daba para cualquier cosa. No sé bien por qué razón, pero el resultado de los experimentos era siempre el mismo: un líquido de algún color que despedía humos, seguramente tóxicos, aunque nunca hubo que socorrer a nadie. La verdad, era medio frustrante. Además, nunca entendíamos del todo las instrucciones que venían en el librito, y nos preguntábamos qué sería el "agua dura" que se necesitaba para todos los experimentos!
El otro aspecto que hacía a la delicia era que mi familia tenía una juguetería. En realidad era librería, juguetería y bazar, pero la parte que nos interesaba, claro, era la juguetería, aunque la librería estaba buena a la hora de elegir los útiles para el colegio, que yo insistía -no siempre con éxito- en que fueran nuevos cada año, y en el bazar cada tanto había alguna cosa que me llamaba la atención, como la vez que quedé prendada de una especie de ensaladera color morado laqueado con una guarda con florcitas medio doradas, que finalmente logré que mi mamá me dejara regalarle a mi abuela Aía. A ella le encantó y la puso arriba del televisor.
"El negocio", como le decíamos, había pertenecido a mis abuelos paternos, estaba ubicado en la esquina de mi casa y teníamos acceso desde adentro. Era todo parte de una misma edificación muy antigua, de techos muy altos y pisos de pinotea. Ahí trabajaban mi mamá y mi tía Yaya, que eran las vendedoras junto con una empleada, Hilda, con quien yo salía en bici a hacer las cobranzas metida en el canasto de atrás, con las patas colgando, lo que da una idea del tamaño que tendría... A media mañana, después del desayuno, mis hermanos y yo aparecíamos por el negocio ya dispuestos a trepar las estanterías altísimas llenas de juguetes que estaban todas a nuestra disposición. Mi mamá nos dejaba tocar todo y muchas veces lográbamos quedarnos con los juguetes que más nos gustaban cuando “llegaba la mercadería” que semanas antes había venido a comprar mi mamá o mi tía Yaya a mayoristas de Buenos Aires. Yo, convencida de que todo ese mundo de juguetes era mío, tanto, que una vez –y esto fue lo que recordábamos hoy- la llevé a Bati al negocio cuando estaba cerrado (era increíble la sensación de entrar al negocio cerrado, cuando estaba todo quieto y las persianas bajas) y, como se acercaba su cumpleaños, le dije, muy agrandada, "elegíte lo que quieras". Ella, en mi recuerdo, se eligió una pista por la que hacías correr carreras a unas especies de pastillas; en el de ella, se eligió un juego con el que pescabas unos pececitos de colores. Pero el tema es que sea lo que fuere lo que eligió, parece que era carísimo y mi mamá no me dejó regalárselo. Se ve que límites había. En cambio me mandó al cumpleaños, según mi recuerdo, con un librito; según el de Bati, con unas Paco Pinto ... La cuestión es que fue una humillación tremenda, sobre todo porque Bati me exigió una explicación...
De repente pienso en cómo una experiencia compartida se convierte en un recuerdo diferente y único para cada persona. En cómo los hechos se van distorsionando en la memoria de cada uno, como si una vez convertidos en recuerdos fueran tomando caminos independientes de lo vivido. En cómo una misma situación representa algo distinto en el recuerdo de cada persona que estuvo ahí… Como si en el recuerdo uno estuviera solo. Por eso es tan lindo y se produce una sensación de tanta cercanía cuando uno recuerda algo con alguien y siente que el otro tiene un recuerdo muy parecido, o que el recuerdo tiene para los dos el mismo valor.
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