Sara y yo paradas en un punto de Berlín al que habíamos llegado habiendo en realidad querido llegar a otro. Desplegamos el mapa bajo la llovizna que nos acompañó casi todo el fin de semana para ver cómo ir desde el Jewish Museum, nuestro destino por error, al memorial del holocausto... Miramos el mapa, levantamos la vista, buscamos el nombre de la calle, volvimos al mapa, buscamos el nombre de la intersección, dimos vuelta el mapa, vimos que tan cerca no estábamos...
Y sí, bueno, aceptémoslo: las vacaciones en las ciudades son así. Dan trabajo. Que el mapa de la ciudad, que el mapa del metro, que la botellita de agua, que me pierdo, que me paso y tengo que volver atrás, que leo el mapa al revés y salgo hacia la izquierda en lugar de la derecha, que llegar a los lugares me lleva el doble de lo que calculo, que a la multitud se le ocurre hacer lo mismo que hago yo. Y todo con la exigencia de que en realidad tendría que estar moviéndome en una ciudad que no conozco, o conozco poco, con la soltura con la que me movería en mi ciudad. Y mantener vivo el interés en, por ejemplo, el arte antropológico, hasta llegar al museo de Quai Branly (Musée des Arts Permiers) y lograr entrar en lugar de quedarme a comer una brioche en el banco de la plaza de enfrente!
La clave, observé estos días, es hacer planes más o menos flexibles... Tomar una dirección que uno después se permita modificar si el clima, el humor, la curiosidad, la panza o el antojo lo piden...
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